jueves, 24 de septiembre de 2015

Confesiones de una mujer enamorada



Han pasado aproximadamente cinco años desde que terminaron, desde entonces ella no había vuelto a saber de él, no hasta hace una semana y cinco días que apareció en su vida nuevamente como esos sueños de niños que se van y luego de un tiempo los recuerdas y te das cuenta de que aún siguen ahí vivos como el primer día.

Ella recuerda perfectamente esa vez que hablaron, antes de comenzar a contar el montón de años distanciados que han pasado hasta hoy, recuerda perfectamente cuando venía acercándose a ella con una cara de preocupación, de tristeza, una cara que marcaría su destino tal vez para siempre; era él, un hombre delgado, alto para su tamaño, vestido con una bermuda estilo militar holgada, una camisa blanca, unos tenis grandes blancos y un canguro a un lado de su cadera, se veía apuesto o no sé si ella lo veía atractivo porque era quien le gustaba, el hecho era que en su paso lento se notaba el nudo de palabras que traía en su garganta; se saludaron como cualquier pareja de ‘amigos’ que no se han visto por un semestre, ella no puede negar que esperaba que su saludo hubiese sido más cariñoso, cargado de amor, pero los dos tenían sentimientos encontrados y confesiones en stop, que ese día saldrían a la luz, aunque la hora en la que estaban mostraba la oscuridad de la noche que los acompañaba.

Ella estaba ahí sentada como una tonta, no le decía ni media palabra, lo miraba lenta y detalladamente, sus ojos, su boca, su barba, su escapulario de plata que colgaba en su cuello, estaba realmente  feliz de tenerlo a su lado, había vuelto y estaba más guapo que el día que lo vio retornar a su ciudad, quería decirle que lo quería, que lo había echado de menos, que en verdad no sabía si lo estaba amando, un derroche de emociones se armó en su estómago, está segura de que no eran mariposas, ellas se supone hacen cosquillas, lo que le pasaba a esa mujer era diferente, sentía jalones de felicidad y angustia que iban desde la tráquea hasta el estómago y la intensidad del sentimiento la registraban los pálpitos de su corazón.  

No se atrevía a decirle nada por una simple razón, ella había sido en parte la culpable de que se alejaran; a veces actuamos de manera estúpida y nos dejamos llenar de odio y rabia el corazón con un detonante dañino en cualquier relación ‘los celos’. La última vez le peleó por un chisme de una persona que también había sido parte de su vida, se vio en el derecho de preguntarle hacia dónde iba su relación, de cuestionarlo en cuanto a cómo creía él que era ella como persona, si le había dado una imagen diferente de lo que quería lograr con él y el respeto que deberían de tenerse. A él se le hizo chistoso la manera en que surgió su reclamo, ella estaba enojada, lo confiesa, muy enojada, él se reía mientras transcurrían los primeros cinco minutos de la llamada que ella le había realizado, ella recuerda haberle pedido con mucha seguridad hablar con aquella niña y finiquitar cualquier tipo de relación que perjudicara la de ellos dos, no le interesaba que le dejara de hablar, lo único que quería era que le diera el lugar que ‘se merecía’. Pasaron cinco minutos más de la llamada y él seguía riéndose y molestándola (en buena forma, no la que ella quería en el momento) por su reclamo de celos, seguro se burlaba porque ella nunca le había montado una escenita como esa.

Sus miradas se han encontrado, los ojos se les aguaron ¡Por Dios! Es que han pasado 3 meses sin hablarse desde aquella pelea por celos, ella no le volvió a contestar el correo, las llamadas, los mensajes, estaba en su papel de digna y orgullosa. Pasaron los días y  a la vez que lo extrañaba y lo ignoraba, se hacía a la idea de las muchas posibilidades que él tenía de encontrar a otra persona, de darse la oportunidad de conocer a alguien más porque su actitud de alguna forma le había dicho que habían terminado; él siguió insistiendo, ella siguió ignorando,  le dolía, pero estaba pensando en ella como mujer, en ella como alguien que merecía respeto. Él le preguntó: - ¿Cómo has estado? ella con su voz quebrantada porque algo en el fondo le decía que esa conversación terminaría mal, le respondió: -¿Bien y Tú? A lo que él le respondió: -No tan bien. ¡Ay! primer indicador de que no estaba equivocada, la cosa estaba por ponerse intensa, ella lo sabía, sus ojos se lo decían.

-          - ÉL: Quiero contarte algo, pero primero quiero  que sepas que todo comenzó cuando dejamos de hablar, cuando pasaron cuatro semanas de haber insistido locamente para hablar contigo.

-               - ELLA:  Ajá, contame.

Ella se había preparado conscientemente para la confesión que venía a continuación, lo jura.

-          - EL: Conocí a alguien. En realidad no la conocí, ya la conocía desde antes, había sido mi novia en el colegio,  nos encontramos por casualidad y quedamos en salir cuando estaba allá, ella estaba soltera, yo no sabía en qué estado civil registrarme. Acepté salir con ella y ella me planteó la oportunidad de volver a juntarnos; me duele decirte esto, pero también lo hice por ti.

No sabía si salir corriendo, si cerrar sus ojos y abrirlos para sentir que había sido un sueño, si responderle soezmente, ella solo recordaba su mediocre ‘preparación’ para cuando él le dijera eso, no pensó que le iba a dar tan duro - qué duro- que le iba a dar contra el mundo, pero en su puesto de mujer ‘digna’, es que todavía estaba en su papel, le respondió:

-          - ELLA: Lo sabía o no sé si es que sentía que iba a pasar, nunca me cegué a que tú conocieras a otra persona, más cuando yo no volví a mantener ningún contacto contigo, pero sabes, me alegra, me da felicidad que hayas encontrado a una persona en tu misma ciudad, que pueda estar contigo en todo momento, que pueda salir contigo casi todos los días, que puedas construir una relación más edificada y cimentada. Eso me da gusto.

¿AH? Yo estaba loca de verdad -pensó ella- cómo dije tantas mentiras en un minuto,  cómo pude decirle la mentira más grande: ‘ME ALEGRA, ME DA FELICIDAD’ cuando se retorcía y las lágrimas se situaban cerca de la carúncula del ojo listas para ser despachadas. Se aguantó, pensaba en lo vergonzoso que habría sido llorar frente a él. 

La conversación se tornaba cada vez más dolorosa, él le explicaba las razones de por qué se había dado la oportunidad de conocer otra chica y ella seguía con sus respuestas tontas y amables hacia su nueva decisión. Ella paró la conversación en un momento que le estaba resultando dificultoso, cuando escuchó  de su boca: ‘Todavía te quiero, no sé por qué estoy haciendo esto, tal vez por los dos porque no van a aceptar que tengamos algo’. Ella se preguntaba: En realidad ¿mis oídos estaban escuchando eso? ¿Cómo es eso que me ama y ahora estará con alguien más? ¿No nos van a dejar estar juntos? Se levantó de la banca y le dijo: - Es mejor que te vayas, esta conversación no va para ningún lado, espero que seas muy feliz, te quiero pero esto nos está haciendo daño a los dos. Dio media vuelta y entró a casa, dejándolo ahí sentado, con sus enredos, con sus penas, con sus confesiones y su relación oficialmente rota.

Lloró como una buena amante lo haría, descargó sus emociones, su tristeza, sus malos actos y luego se quedó dormida, fue entonces cuando emprendió una meta: Olvidarlo y superarlo; le costó mucho, después de ese día se le hacía difícil verlo a diario y no decirle nada, no hablarle. Ella lo eliminó de todos los lados y no piensa que fue un acto estúpido, fue el mejor, el que debió tomar, nunca le ha gustado ser una sombra en una relación y está segura que haber mantenido contacto aún con los sentimientos que tenían ambos la convertiría en eso. Así transcurrieron estos cinco años, con encuentros inesperados, con acciones incontrolables que no debieron haber pasado y que en vez de hacer que lo olvidara, lo unía más a él, ¿Qué estaba haciendo? Ni ella misma sabía, creo que estaba amando, amando con locura. Después de mucho tiempo pensó haberlo superado y realmente se dio cuenta que no, había cerrado su corazón a personas que pudieron haber sido buenas, con las que pudo haber tenido historias increíbles; ella tenía miedo, miedo a volver a amar y vivir lo mismo.

Él ha vuelto a contactarla, han hablado de lo que pasó, aún ella sonríe con sus mensajes y sus fotos,  no sabe si sigue alimentando esperanzas o él las está alimentando también; lo ve en todos lados, en hombres con barbas, en cartas que lee, en libros de amor, en las canciones que sin estar premeditadas suenan  y él se las ha dedicado; ella sigue buscándole explicación a esta casualidad que los volvió a conectar, sigue buscando también un motivo para cerrar cualquier sentimiento que siga abierto por ahí, sigue en la tarea de  superar a alguien que le ‘hizo daño’ sin querer hacerlo.

El primer amor duele y duele con cojones.

Por: Lucía Peláez