Han
pasado aproximadamente cinco años desde que terminaron, desde entonces ella no
había vuelto a saber de él, no hasta hace una semana y cinco días que apareció
en su vida nuevamente como esos sueños de niños que se van y luego de un tiempo
los recuerdas y te das cuenta de que aún siguen ahí vivos como el primer día.
Ella
recuerda perfectamente esa vez que hablaron, antes de comenzar a contar el
montón de años distanciados que han pasado hasta hoy, recuerda perfectamente
cuando venía acercándose a ella con una cara de preocupación, de tristeza, una
cara que marcaría su destino tal vez para siempre; era él, un hombre delgado, alto
para su tamaño, vestido con una bermuda estilo militar holgada, una camisa
blanca, unos tenis grandes blancos y un canguro a un lado de su cadera, se veía
apuesto o no sé si ella lo veía atractivo porque era quien le gustaba, el hecho
era que en su paso lento se notaba el nudo de palabras que traía en su
garganta; se saludaron como cualquier pareja de ‘amigos’ que no se han visto por
un semestre, ella no puede negar que esperaba que su saludo hubiese sido más
cariñoso, cargado de amor, pero los dos tenían sentimientos encontrados y
confesiones en stop, que ese día saldrían a la luz, aunque la hora en la que estaban
mostraba la oscuridad de la noche que los acompañaba.
Ella
estaba ahí sentada como una tonta, no le decía ni media palabra, lo miraba lenta
y detalladamente, sus ojos, su boca, su barba, su escapulario de plata que
colgaba en su cuello, estaba realmente
feliz de tenerlo a su lado, había vuelto y estaba más guapo que el día
que lo vio retornar a su ciudad, quería decirle que lo quería, que lo había
echado de menos, que en verdad no sabía si lo estaba amando, un derroche de
emociones se armó en su estómago, está segura de que no eran mariposas, ellas
se supone hacen cosquillas, lo que le pasaba a esa mujer era diferente, sentía jalones
de felicidad y angustia que iban desde la tráquea hasta el estómago y la
intensidad del sentimiento la registraban los pálpitos de su corazón.
No
se atrevía a decirle nada por una simple razón, ella había sido en parte la
culpable de que se alejaran; a veces actuamos de manera estúpida y nos dejamos
llenar de odio y rabia el corazón con un detonante dañino en cualquier relación
‘los celos’. La última vez le peleó por un chisme de una persona que también
había sido parte de su vida, se vio en el derecho de preguntarle hacia dónde iba
su relación, de cuestionarlo en cuanto a cómo creía él que era ella como persona,
si le había dado una imagen diferente de lo que quería lograr con él y el respeto
que deberían de tenerse. A él se le hizo chistoso la manera en que surgió su
reclamo, ella estaba enojada, lo confiesa, muy enojada, él se reía mientras
transcurrían los primeros cinco minutos de la llamada que ella le había
realizado, ella recuerda haberle pedido con mucha seguridad hablar con aquella
niña y finiquitar cualquier tipo de relación que perjudicara la de ellos dos,
no le interesaba que le dejara de hablar, lo único que quería era que le diera
el lugar que ‘se merecía’. Pasaron cinco minutos más de la llamada y él seguía riéndose
y molestándola (en buena forma, no la que ella quería en el momento) por su
reclamo de celos, seguro se burlaba porque ella nunca le había montado una
escenita como esa.
Sus
miradas se han encontrado, los ojos se les aguaron ¡Por Dios! Es que han pasado
3 meses sin hablarse desde aquella pelea por celos, ella no le volvió a contestar
el correo, las llamadas, los mensajes, estaba en su papel de digna y orgullosa.
Pasaron los días y a la vez que lo
extrañaba y lo ignoraba, se hacía a la idea de las muchas posibilidades que él tenía
de encontrar a otra persona, de darse la oportunidad de conocer a alguien más
porque su actitud de alguna forma le había dicho que habían terminado; él
siguió insistiendo, ella siguió ignorando,
le dolía, pero estaba pensando en ella como mujer, en ella como alguien
que merecía respeto. Él le preguntó: - ¿Cómo has estado? ella con su voz quebrantada
porque algo en el fondo le decía que esa conversación terminaría mal, le
respondió: -¿Bien y Tú? A lo que él le respondió: -No tan bien. ¡Ay! primer
indicador de que no estaba equivocada, la cosa estaba por ponerse intensa, ella
lo sabía, sus ojos se lo decían.
-
- ÉL: Quiero contarte algo, pero primero quiero que sepas que todo comenzó cuando dejamos de
hablar, cuando pasaron cuatro semanas de haber insistido locamente para hablar
contigo.
- - ELLA: Ajá,
contame.
Ella
se había preparado conscientemente para la confesión que venía a continuación,
lo jura.
-
- EL: Conocí a alguien. En realidad no la conocí, ya la conocía
desde antes, había sido mi novia en el colegio,
nos encontramos por casualidad y quedamos en salir cuando estaba allá,
ella estaba soltera, yo no sabía en qué estado civil registrarme. Acepté salir
con ella y ella me planteó la oportunidad de volver a juntarnos; me duele decirte esto, pero también lo
hice por ti.
No
sabía si salir corriendo, si cerrar sus ojos y abrirlos para sentir que había
sido un sueño, si responderle soezmente, ella solo recordaba su mediocre ‘preparación’
para cuando él le dijera eso, no pensó que le iba a dar tan duro - qué duro- que
le iba a dar contra el mundo, pero en su puesto de mujer ‘digna’, es que
todavía estaba en su papel, le respondió:
-
- ELLA: Lo sabía o no sé si es que sentía que
iba a pasar, nunca me cegué a que tú conocieras a otra persona, más cuando yo
no volví a mantener ningún contacto contigo, pero sabes, me alegra, me da
felicidad que hayas encontrado a una persona en tu misma ciudad, que pueda
estar contigo en todo momento, que pueda salir contigo casi todos los días, que
puedas construir una relación más edificada y cimentada. Eso me da gusto.
¿AH?
Yo estaba loca de verdad -pensó ella- cómo dije tantas mentiras en un
minuto, cómo pude decirle la mentira más
grande: ‘ME ALEGRA, ME DA FELICIDAD’ cuando se retorcía y las lágrimas se situaban
cerca de la carúncula del ojo listas para ser despachadas. Se aguantó, pensaba
en lo vergonzoso que habría sido llorar frente a él.
La
conversación se tornaba cada vez más dolorosa, él le explicaba las razones de
por qué se había dado la oportunidad de conocer otra chica y ella seguía con sus
respuestas tontas y amables hacia su nueva decisión. Ella paró la conversación
en un momento que le estaba resultando dificultoso, cuando escuchó de su boca: ‘Todavía te quiero, no sé por qué
estoy haciendo esto, tal vez por los dos porque no van a aceptar que tengamos
algo’. Ella se preguntaba: En realidad ¿mis oídos estaban escuchando eso? ¿Cómo
es eso que me ama y ahora estará con alguien más? ¿No nos van a dejar estar
juntos? Se levantó de la banca y le dijo: - Es mejor que te vayas, esta
conversación no va para ningún lado, espero que seas muy feliz, te quiero pero
esto nos está haciendo daño a los dos. Dio media vuelta y entró a casa, dejándolo
ahí sentado, con sus enredos, con sus penas, con sus confesiones y su relación oficialmente
rota.
Lloró
como una buena amante lo haría, descargó sus emociones, su tristeza, sus malos
actos y luego se quedó dormida, fue entonces cuando emprendió una meta:
Olvidarlo y superarlo; le costó mucho, después de ese día se le hacía difícil verlo
a diario y no decirle nada, no hablarle. Ella lo eliminó de todos los lados y
no piensa que fue un acto estúpido, fue el mejor, el que debió tomar, nunca le
ha gustado ser una sombra en una relación y está segura que haber mantenido
contacto aún con los sentimientos que tenían ambos la convertiría en eso. Así
transcurrieron estos cinco años, con encuentros inesperados, con acciones
incontrolables que no debieron haber pasado y que en vez de hacer que lo
olvidara, lo unía más a él, ¿Qué estaba haciendo? Ni ella misma sabía, creo que
estaba amando, amando con locura. Después de mucho tiempo pensó haberlo superado
y realmente se dio cuenta que no, había cerrado su corazón a personas que
pudieron haber sido buenas, con las que pudo haber tenido historias increíbles;
ella tenía miedo, miedo a volver a amar y vivir lo mismo.
Él
ha vuelto a contactarla, han hablado de lo que pasó, aún ella sonríe con sus
mensajes y sus fotos, no sabe si sigue
alimentando esperanzas o él las está alimentando también; lo ve en todos lados,
en hombres con barbas, en cartas que lee, en libros de amor, en las canciones
que sin estar premeditadas suenan y él se
las ha dedicado; ella sigue buscándole explicación a esta casualidad que los
volvió a conectar, sigue buscando también un motivo para cerrar cualquier
sentimiento que siga abierto por ahí, sigue en la tarea de superar a alguien que le ‘hizo daño’ sin
querer hacerlo.
El primer amor duele y
duele con cojones.
Por: Lucía Peláez
No hay comentarios:
Publicar un comentario